
Bajo
siete pulseras coloridas hay dieciocho cortes en la muñeca izquierda y, bajo la
falda escolar, quince más en el muslo derecho. Ana (nombre protegido), de 12
años, se lacera la piel con una hoja de afeitar en el aula de clase o en su
dormitorio. Así, dice, alivia sus frustraciones, a través del dolor.
La
influencia de una amiga, la curiosidad y la soledad fueron las ‘razones’ que
encontró para lastimarse. Hace dos meses empezó con esta ‘tendencia’ llamada
cutting, la cual ha intentado dejarla. Pero no lo consigue.
Sus
padres –que llegan en las noches del trabajo– hermanos, abuela y docentes desconocen
lo que le pasa.
La
soledad es una emoción presente en los adolescentes por una diversidad de
factores, familiares y sociales, que los vuelve vulnerables a este tipo de
manifestaciones físicas y que pueden llegar al consumo de alcohol y el tabaco,
pasos previos al uso de estupefacientes. En esto coinciden psicólogos
consultados por este Diario.
Martha
Caicedo y Christian Vargas, psicólogos de los departamentos de Consejería
Estudiantil (DECE) de los centros Delfos y Ecomundo, concuerdan con haber visto
un cambio drástico en la juventud desde hace unos seis años.
“Estamos
viviendo una crisis familiar, ausencia de padres. Si la madre está ausente, no
hay comunicación, el chico llega a un hogar vacío”, dice Caicedo.
El
origen de esta problemática es la familia, reitera Vargas. En sus más de quince
años de experiencia, él ha visto cómo han cambiado los adolescentes. Están
desorientados, carentes de sentido de la vida y de afecto, comenta con
preocupación.
Los
adolescentes se rigen por una familia, pero ¿qué tenemos?, se pregunta el
especialista. “Familias en divorcio, divididas, reorganizadas. Si no tiene la
autoridad de un padre o siguen filosofías absurdas de que hay que permitirles
todo, no hay reglas y normas”, indica.
Ese
desmembramiento de la familia ha hecho que los adolescentes sean presas fáciles
del cáncer social llamado drogas, que ahora constituye un fuerte problema en el
país, indican especialistas.
La
familia, independientemente de su funcionalidad, está expuesta a momentos
críticos; algunos de ellos ocurren como consecuencia del curso natural de la
vida, otros por el contrario no están relacionados con el ciclo vital y están
relacionados a hechos circunstanciales o inesperados. En cualquiera de estos
casos la familia enfrenta el reto de modificar su repertorio habitual de
respuestas ante factores estresantes recurriendo a recursos internos y
externos.
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